"La artesanía responde a un impulso humano básico y permanente: el deseo de hacer bien un trabajo por el simple hecho de hacerlo bien.”
Richard Sennett
Cuanto más tiempo llevamos trabajando en arquitectura e interiorismo, más conscientes somos de algo que a veces se nos olvida: el mundo de las reformas sigue siendo profundamente artesanal.
Podemos dibujar un proyecto al milímetro, visualizarlo en 3D, elegir cada material y definir hasta el último encuentro. Pero después llega la obra. Y con ella llegan las personas.
El carpintero que adapta una pieza a un muro que no es exactamente recto. El albañil que resuelve un encuentro sobre la marcha. El marmolista que corta una piedra siguiendo sus vetas. El pintor, el cerrajero, el cristalero, el instalador… Manos distintas trabajando para conseguir que aquello que durante meses hemos imaginado termine convirtiéndose en un espacio real.
Y eso hace que cada proyecto sea, inevitablemente, único.
Vivimos rodeados de objetos fabricados en serie, donde dos piezas pueden ser prácticamente idénticas. Quizá por eso, cuando hacemos una reforma, esperamos a veces esa misma exactitud. Pero una casa no se fabrica. Una casa se construye.
Y construir tiene mucho de oficio: materiales que cambian ligeramente de tono, maderas cuyas vetas nunca se repiten, piedras con pequeñas marcas de origen, piezas hechas a medida y encuentros que necesitan ajustarse en la propia obra. No hablamos de hacer las cosas mal ni de renunciar a la precisión. Al contrario. El buen oficio exige muchísimo rigor.
Hablamos de entender que precisión y artesanía pueden convivir, y que aquello que ha pasado por unas manos no tiene por qué parecer salido de una máquina para estar bien hecho. A veces, precisamente, ahí reside su belleza.
Hay una idea japonesa que siempre nos ha parecido especialmente bonita: el kintsugi, el arte de reparar una pieza de cerámica dejando visibles sus uniones. En lugar de esconder lo sucedido, lo incorpora a la historia del objeto. Salvando las distancias, hay algo de esa mirada que también nos interesa en los espacios: entender determinadas irregularidades no como una ausencia de perfección, sino como la presencia de algo humano.
No todo tiene que ser idéntico para estar bien. Y no todo lo diferente es imperfecto. Cuando recorremos una obra terminada, vemos el proyecto que dibujamos meses atrás, pero también vemos todo lo que ha ocurrido para llegar hasta allí. Vemos decisiones, conversaciones, pruebas, cambios y soluciones. Vemos el trabajo de muchas personas que han ido dejando, de alguna manera, una pequeña parte de su oficio en el resultado final.
Y nos gusta pensar que eso también se percibe cuando entras en una casa. Porque hay espacios impecables que pueden resultar fríos y otros que, sin buscar una perfección absoluta, tienen algo difícil de explicar. Tienen alma. Quizá tenga que ver con los materiales. Con el paso del tiempo. Con las piezas elegidas una a una. O simplemente con saber que detrás de aquello que estás tocando hubo alguien que lo pensó, lo cortó, lo lijó, lo colocó o lo ajustó hasta conseguir que encajara.
En Estudio Crearte hablamos mucho de crear espacios que acompañen a quienes van a vivirlos. Y cada vez tenemos más claro que esa manera de crear está muy ligada a lo artesanal: trabajar con materiales que tienen carácter, recuperar piezas, diseñar elementos a medida y rodearnos de buenos profesionales, confiando en el conocimiento de quienes llevan años trabajando con sus manos.
Porque un proyecto no se hace únicamente dibujando desde nuestro estudio.
Se dibuja, se piensa, se conversa, se construye, se toca y se transforma.
Y quizá ahí esté una de las cosas que más nos gustan de nuestro trabajo: que nunca habrá dos espacios exactamente iguales.
Porque tampoco hay dos materiales iguales.
Ni dos casas.
Ni dos personas.
Y eso, lejos de ser una imperfección, es precisamente lo que los hace únicos.
Cristina
Conoce
Estudio Crearte